Aportes a la Cultura Judía

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No es sólo el Holocausto. Israel está fallando en enseñar la historia de los judíos

Personas que participan en la «Marcha de los vivos» anual para conmemorar el Holocausto, entre los antiguos campos de exterminio de Auschwitz y Birkenau en Oswiecim, Polonia, hace cuatro años Por: Anshel Pfeffer | Haaretz (16 de junio de 2022) La decisión de Israel de cancelar los viajes de la escuela secundaria a Polonia debe verse como una oportunidad para revisar la forma lamentablemente incompleta y provinciana en que se enseña la historia en las escuelas israelíes. Visité Polonia por primera vez hace 32 años, como estudiante de secundaria israelí. El país ya estaba pasando por su transición a la democracia, pero muchas de las regulaciones de la era comunista aún permanecían vigentes. Por ejemplo, los grupos en el extranjero tenían que estar acompañados por guías aprobados por el gobierno. Mientras avanzábamos en autobús desde el campo de exterminio hasta el gueto y la sinagoga vacía, una dama polaca de pelo canoso y bien intencionada trató de educarnos sobre la historia local en un inglés con mucho acento. Una vez hecha su contribución, nuestro guía tomaría el micrófono para “traducir”. Nos habían dicho de antemano que ella estaba allí para presentar la versión polaca del Holocausto y que debíamos tratarla con cortesía, pero sin tener en cuenta lo que tenía que decir. Las delegaciones de escuelas secundarias a Polonia, entonces en su infancia, se convertirían en una industria a medida que los viajes se volvieran más baratos, Israel se volviera más próspero y se eliminaran las onerosas regulaciones gubernamentales, como tener un guía local en cada autobús. En 1990, los grupos aún eran pequeños y solo participaban unas pocas escuelas. Fui el único estudiante de mi año que fue a Polonia. En la década anterior a la pandemia, casi la mitad de todos los estudiantes de secundaria judíos-israelíes volaron a Polonia. Hasta esta semana, no había pensado en nuestra guía en años. Y por mucho que lo intento, no puedo recordar su nombre, aunque todavía puedo escuchar su voz claramente mientras inicia cada mini-lección con «Ahora estamos cruzando el río Vístula». Supongo que ella y sus colegas fueron las primeras víctimas de la desregulación poscomunista. Pero según el informe del ministro de Relaciones Exteriores, Yair Lapid, a los medios de comunicación israelíes el miércoles, el gobierno polaco ahora quiere sacarla de su retiro . Este verano estaba destinado a ver la reanudación a gran escala de esos viajes de la escuela secundaria a Polonia, ahora que se eliminaron las restricciones de viaje de COVID-19. Pero no iba a ser. El gobierno nacionalista de Polonia quiere opinar sobre el contenido educativo de las giras por su país. O como dijo Lapid: “Los polacos querían decirnos lo que podemos y no podemos decirles a los niños israelíes que viajan a Polonia. No lo toleraremos. Lo primero que pensé fue que si los tiernos e impresionables adolescentes israelíes pudieron haber estado expuestos en ese entonces a las guías comunistas, la generación actual, que se ha acostumbrado a las contradicciones y los hechos contrastantes gracias a las redes sociales, ciertamente puede defenderse. Pero si, como dijeron fuentes del gobierno israelí a Haaretz, una de las demandas polacas era que a los estudiantes israelíes no se les dijera cómo los ciudadanos polacos colaboraron con los alemanes en la deportación de judíos a la muerte, entonces esa es razón suficiente para cancelar. Si los políticos de Polonia quieren blanquear la historia de su país, es su problema. Nuestros hijos, en cambio, no necesitan que les digan que lo que nuestros abuelos vivieron y vieron con sus propios ojos nunca sucedió. Si negar hechos históricos es una condición, ninguna escuela secundaria debería visitar Polonia. Impresión masiva Admito que estaba desgarrado por esta pregunta mucho antes del último dictado polaco. El efecto de visitar los lugares donde tuvo lugar la historia es inconmensurable. Me causó una gran impresión cuando tenía 17 años, y hasta el día de hoy, cuando estoy informando desde una ciudad de Europa del Este, siempre trato de hacer tiempo para visitar el lugar donde los judíos fueron asesinados. Cada ciudad de Europa del Este tiene un sitio así, y se lo debemos a nuestros abuelos que sobrevivieron para continuar visitando las tumbas anónimas de sus padres. Sin embargo, la forma en que el viaje se ha convertido en un rito de iniciación nacionalista para los jóvenes israelíes ha contribuido a la fetichización del Holocausto en la sociedad israelí y a la lamentablemente incompleta y provinciana forma en que se enseña la historia en las escuelas israelíes. Para ser honesto, simpatizo con otra de las demandas polacas, como lo expresó esta semana el portavoz del Ministerio de Relaciones Exteriores en Varsovia, que a los estudiantes israelíes se les muestre el país no solo «a través del prisma de los campos de concentración», sino también a través de » el contexto de las relaciones polaco-judías durante más de mil años”. No les gusta que “los jóvenes israelíes regresen de estas visitas con sentimientos negativos hacia Polonia y los polacos”. No estoy seguro de que los polacos hayan hecho tanto para merecer nuestros sentimientos positivos, pero estoy bastante seguro de que el enfoque en la destrucción ha desviado la atención de la riqueza de la vida judía anterior. La ironía de los nacionalistas polacos que se quejan de que las delegaciones judías en los campos exhiben el nacionalismo israelí no debe perderse. Una parte importante del problema es que con todos los niños envolviéndose en banderas israelíes mientras caminan por Auschwitz y la Fuerza Aérea de Israel volando bajo sobre los crematorios , hemos hecho esto sobre nosotros, sobre Israel. Los polacos tienen razón. Israel no debería centrar la forma en que enseña historia a las generaciones futuras solo en torno al Holocausto y la resurrección en el estado judío. La historia de la vida judía no puede reducirse sólo a esos componentes. La historia no debe ser contada solo por israelíes. Pero nuestros socios para contar nuestra historia no son un gobierno polaco populista que revisa la historia. La controversia sobre las visitas escolares a Polonia y el revisionismo del Holocausto no es solo una preocupación israelí. Falta en la discusión la comunidad judía en Polonia, que vive con ella

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El círculo

2do. premio: Osvaldo Daniel Uchitel La mañana pintaba gris cuando partimos, Papá al volante y mi hermano de copiloto. Papá se mostraba relajado y jovial, lejos de la tierna formalidad con la que trataba a sus pacientes antes de llevarlos al quirófano. El primer objetivo era llegar a la balsa que cruza el Paraná desde Zárate hasta Brazo Largo, Entre Ríos. De allí a Basavilbaso, donde solíamos hacer el saludo de rutina a nuestro legendario tío abuelo, venerado por su entrega como médico del pueblo. A partir de Baso el camino de tierra y ripio se abría entre los campos y serpenteaba a lo largo de la vía del tren pasando por varios pueblos. Entre ellos, el pueblo Domínguez, donde en una esquina se encontraba la antigua farmacia que más tarde alojó el museo de la colonización judía. Lo visitamos en un viaje anterior. En ese entonces nos atendió el hermano del comisario, que oficiaba de custodio de los recuerdos de una colonización que marcó la historia de mi familia. Allí encontramos los libros que certifican que mis bisabuelos y sus diez hijos partieron de Odesa, escapando de la opresión zarista, desembarcando en Colón, Entre Ríos en octubre de 1894. El menor, mi abuelo Israel, tenía tan solo dos años. Entre los objetos y cuadros de la época se encontraban planos de las tierras asignadas a las familias de inmigrantes unidos en esa aventura compartida de colonizar las deshabitadas tierras adquiridas por el mecenas Barón Hirsch.  Un terruño entre Santa Ana y Las Moscas figuraba como la parcela asignada a la familia. Quien finalmente se asentó allí fue mi abuelo, incorporándose así al denominado colectivo ¨gaucho judío¨. Papá continuaba su relato mientras avanzábamos por estrechos caminos cortajeados por huellas de carruajes y de camiones, impronta de la última lluvia, Nos contaba la pobreza inicial y el duro pero exitoso trabajo de mis abuelos que les permitió alquilar campos, extender los sembradíos de trigo y acceder a una vida más cómoda, automóvil incluido. Mientras tanto nuestro pequeño automóvil, un sedán negro, seguía avanzando, dejando atrás una estela de polvo que envolvía las humildes casas de los vecinos. Ellos reconocían el coche del doctor y nos saludaban. También contaba sus recuerdos de la niñez, el colegio del Estado, donde cursó la primaria, que formaba junto al colegio judío y al teatro judío un pequeño núcleo cultural en medio de la nada y a kilómetros de la casa de mis abuelos. En su relato nunca dejaba de recordar la tarea ciclópea de la Bobe lavando la ropa de la peonada con un lavarropa casero conformado por un pequeño estanque circular ubicado en una parte alta del campo, al cual el abuelo, con mucho ingenio, había incorporado una paleta de madera que, traccionada por una mansa yegua, batía la ropa enjabonada. Tan mansa la yegua no era, contaba Papá, recordando la travesura de parase detrás y molestarla logrando que le disparara una patada que le partió el labio dejándole una marca indeleble. Fue durante esos años prósperos que el interés del abuelo por el trigo se fue transmutado por tener un hijo doctor.  Papá partió para Buenos Aires a cursar los estudios secundarios sin tener conciencia clara del legado que llevaba. Fue a vivir a la casa de una tía y durante un par de años recibió dinero del trigo cosechado. En el Colegio Mariano Moreno conoció a quien sería su cuñado. Poco a poco en el campo la buenaventura se fue trastocando, pero la voluntad de tener un hijo doctor se mantenía firme como la huella del camino resecada por el sol. Papá ingresó a la Facultad de Medicina, vivió hospedado por su amigo y trabajó de celador en un colegio secundario. Dos años seguidos las langostas arrasaron con los trigales y con los ahorros de muchos años de labor intensa. El abuelo entró en bancarrota y los acreedores atrás de él. Como en las películas de suspenso, mi Papá logró sobre la hora levantar la hipoteca sobre la última parcela. El dinero fue un adelanto de dote de su futuro suegro, un colchonero venido de Polonia que de cardar colchones casa por casa logró instalar una colchonería en la calle Warnes. A esa parcela, qué heredó Papá, nos estábamos dirigiendo. Allí no quedaban rastros de la casa de mis abuelos, que abandonaron el campo tristes y enfermos. Sólo perduraba el círculo de piedra del viejo estanque. Después de muchos años de abandono y usurpación Papá recuperó el campo e hizo construir, bajo una añeja arboleda ubicada a un centenar de metros de la tranquera principal, un galpón y dos pequeñas casas, una para nosotros y otra para el peón. El sitio donde vivieron mis abuelos no se tocó, pero el tiempo lo fue limando. Juan, el peón que atendía el campo, había escuchado en el noticiero matutino de la radio local el mensaje avisándole nuestra llegada. Juan me esperaba con el zaino listo para montar. No se había asentado la polvareda del camino cuando yo ya estaba subido al caballo galopando hacia el sitial abandonado de mis abuelos. Visitaba el estanque circular a modo de saludo y respeto. Además, desde la altura podía divisar en el camino algunos puntos lejanos que poco a poco se acercaban y se transformaban en sulkis, carretas o jinetes a caballo. Uno por uno abría y cerraba la tranquera pausadamente y se ponían en fila frente a nuestra casa esperando que el doctor los atendiera. El gaucho judío, duro trabajador del campo, había sembrado trigo y cosechado un doctor y como en el círculo de la vida hoy el doctor devolvía a esa tierra lo que la tierra en él sembró.

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Ser judío

“Están en todas partes…” Por: Héctor Gurvit (Com. Boletín del Llamamiento) El asesinato de Shireen Abu Akleh resignificó el valor de la vida, de todas las vidas. Y de poner en primer plano la siempre latente condición de judío. Mas allá de las cuestiones económicas, imperiales, no pocas veces se desprende la duda sobre la responsabilidad del judío en las acciones del Estado de Israel. Acaso sea la duda una forma de discriminación no declarada, encubierta, que solapa un antisemitismo costumbrista. Estamos acostumbrados a la guerra en Medio Oriente. Y eso es malo, y triste. Medio Oriente es un término geográfico demasiado amplio como para representar los últimos hechos que terminaron con la vida de Shireen Abu Akleh de la cadena Al Jazeera.  Permanece por demasiado tiempo esta guerra desigual entre Israel y Palestina. Tampoco es correcto decir Palestina como si fuera un todo homogéneo. Y en ese sentido el ICUF (Federación de Entidades Culturales Judías de la Argentina”) y el Llamamiento Argentino Judío, han emitido sendas declaraciones que creo necesario, no reproducir, sino rescatar, de ellas, varios tramos, mechado por comentarios personales. Es prudente ser autorreferencial, para no generalizar sin fundamento. Los judíos tenemos un problema. Es arduo convivir en los múltiples ámbitos donde socializábamos. Ser judío es como ser negro o ser homosexual o tener algún otro atributo identificable. No hay escape. En el colegio, a modo de ejemplo, emocionalmente, me resultaba difícil ser el judío de la clase. Hoy incluso, juego al tenis. Y es curioso, porque lo hacemos en un club judío que se llama Guesher, que en hebreo quiere decir Puente, y es el nombre de un partido político israelí. O era, no sé si permanece activo. Yo no fui a dar con ese club, fueron mis compañeros, que no son judíos. Ellos lo buscaron y allí jugamos. En ese grupo, en el que nunca tuve problemas, todos saben que yo soy el judío. Incluso, como en ese club solo pueden ser socios los judíos, no pocas veces me vienen a preguntar si me quiero asociar. La condición de judío se podría representar como cientos de dedos señalando. En los barrios, sobre todo en los tiempos que viví en Lanús o en Sarandí, la mia era la casa del judío. De hecho, cada tanto, vecinos con los que tuve muy buena relación, hablaban loas al Estado de Israel, y me lo venían a demostrar como si yo fuera el hacedor de ese progreso. Produce un efecto extraño. Era más fácil ir a sitios de judíos como, en nuestro caso, y por un breve período, al Centro Cultural Israelita I.L. Peretz de Lanús. A nadie se le ocurriría aclarar sobre otras singularidades. O si, pero con otra connotación: la casa del herrero, Pepe el del kiosco, el de la librería, etc. Esa condición nos hace, sin proponerlo, distintos. En todo caso, nos tenemos que esforzar más, tenemos que ser mejores. No por nosotros, sino para que el mundo nos mire con otros ojos, menos amenazadores. Era y es, también, el mandato familiar. Pero a veces ni el esfuerzo ayuda. Hay una película que recomiendo: “Están en todas partes” que explica: “en un humor negro muy judío y también muy francés, donde Yvan Attal reflexiona sobre la paranoia de algunos judíos respecto al antisemitismo”. Somos incluso acreedores de un objetivo llamado “Andinia” que tenía la intención de crear el Estado de Israel en la Patagonia. Un disparate que no pocos se lo creían y se lo creen. Y que ahora se visualizó con la serie “IOSI, el espía arrepentido”. Nada de lo que se hizo con el Estado de Israel (con el diario del lunes) estuvo bien. El juicio es mío. Las Naciones Unidas no tuvieron peor idea que dividir el territorio entre judíos y palestinos. No olvido el hecho no menor de que el mundo estaba conmocionado por la shoah y lo que significó. Y cada día que pasa, es más difícil volver a eso que las Naciones Unidas suponía que iba a suceder: dos pueblos, dos estados. La mayoría de los palestinos, obviamente, no son “terroristas”. ¿Y cuál sería el paradigma lombrosiano que dice que una persona es terrorista? Ahora, los judíos “progresistas”, nos encontraos con un grave problema, porque si sos judío, sos el que mata, el que ocupa, el que coloniza, el que se posiciona del lado de los países hegemónicos. Y el que construye muros. Tampoco en el seno de Israel todos piensan igual. Existe quienes están en contra, no me parece que ese sector sea numeroso, pero existe. No pocas veces recibo la siguiente reflexión que trato de entender, aunque no es fácil que el otro entienda: “parece mentira, ustedes que sufrieron el holocausto están haciendo lo mismo con el pueblo palestino”. Explicar esa afirmación lleva mucho tiempo y una oreja que te escuche. Y eso no pasa. Nunca pasa. Como explicar que uno no es “ustedes”. Es como entender al peronismo. Te dicen “La década afanada”, “CFK asesina” y para oponerse a esa afirmación no se necesita una frase única que la clausure, es necesario un discurso que se ancle en la historia, que no se resuelve con una única oración. Los sectores de derecha resumen todo, en una o dos palabras: “Cristina se robó un PBI”. “Los bolsos de López”, etc. Siempre que me dan argumentos de ese tipo, les digo: “si me das 15 minutos en silencio para que te explique qué representó el peronismo para el empoderamiento de ese “subsuelo de la patria sublevado” del que habló Raúl Scalabrini Ortiz, te cuento, de otro modo, no lo entenderías”. En realidad, nunca lo van a entender. Hay un “antiperonismo incondicional”. También los judíos progresistas estamos, no diría divididos, pero no todos piensan igual. Vuelvo a mi condición de judío. Gente que me merece el mayor de los respetos me interroga: “mirá lo que están haciendo”. Quedo perplejo, porque yo no he hecho nada, salvo insistir en que ser judío no necesariamente implica acordar con la política israelí. Desvincular al

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El día que fui ashkenazi

Trabajos premiados del Concurso de Narrativa Breve de la vida judía en la Argentina Por: Bartlevy Esa fría mañana de junio, la llovizna tenue caída desde la madrugada había empapado el barrio en pocas horas. Desde la ventanilla del auto, camino al Templo en el cual Elías, ahora en un cajón encabezando el cortejo, había pasado todos los sábados y festividades de los últimos cincuenta años de su vida, se veían los negocios aún cerrados y a algunas personas tratando, sin éxito, de guarecerse mientras esperaban el colectivo. El hombre, ingresando ya en la fragilidad de todo recuerdo, había llevado una vida limpia, de mucho laburo esmerado y constante y de jubilado sufriendo injustas estrecheces. Murió convencido del valor de la palabra y de que el esfuerzo tiene su recompensa, con una candidez digna del santo o del ingenuo. Después de haber sufrido tantas carencias en su infancia en La Boca, en esa comunidad sefaradí pequeña y humilde, se había acostumbrado a agradecer cada uno de los pequeños placeres que fue conquistando, los cuales otras personas, más favorecidas o menos agradecidas que él, hubieran considerado tonterías sin valor: el afecto de su familia, el sabor del café y el cigarrillo, un campeonato de la azul y oro, la ópera, el gol de Maradona a los ingleses. Todos eran tesoros dignos de un rey, que Adonai le había concedido en su inmensa misericordia. Creo que él lo hubiera dicho así, pero no estoy seguro. Es decir, no sé si creía en Dios, pero sí sé que creía ciegamente en Beethoven. Cuando me conoció, fui el goy que salía con su hija, y no se había hecho, aún, a esa idea, el día que anunciamos que viviríamos juntos sin casarnos. Pasó del asombro a la aceptación rápidamente, aunque nunca dejó de mirarme como a un bicho raro que festejaba Navidad y respetaba el viernes Santo sin entusiasmo ni convicción, pero con regularidad inquebrantable. En ese punto, a lo mejor, pienso ahora, después de tanto tiempo, nos parecíamos bastante. Los ritos, las tradiciones, nacieron para ser respetadas. Por encima de cualquier reflexión o sensatez, como todo lo religioso. El judaísmo, en su caso, y el catolicismo, en el mío, nos daba la incierta seguridad de que nunca estaríamos del todo solos. Por ese motivo, esa mañana fría y lluviosa, el cortejo iba a paso lento hacia el Templo. Buscando, sin sentido, algo de sentido para una muerte injusta. Porque debemos convenir en que algunas muertes hacen del mundo un lugar peor. Cuando llegamos, el cortejo se detuvo y bajamos los varones. Chiche, siempre decidido, se anticipó a la morosidad del resto y dijo, sin dirigirse a nadie en particular: “dejá, yo me encargo” y desapareció por una de las puertas laterales. Mientras esperábamos, calándonos hasta las tripas, recordé algunas cosas que se contaban de Chiche, una especie de primo segundo de todos. Decían que era muy gracioso (y lo era), que había manejado un colectivo toda su vida, que una vez se había desviado del recorrido nada más que para alcanzar a Elías hasta su casa, que había nadado en las calles de Mar del Plata en las inundaciones de los años cincuenta, que en cada aniversario de la muerte de Gardel daba un pequeño y sentido discurso en su homenaje en el monumento del cementerio de Chacarita. Cuando contaban esas cosas, él callaba y, así, disfrutaba el crecimiento de su modesta leyenda. Después de una breve eternidad, apareció Chiche con alguien que era, a todas luces, el Rabino, quien dijo algunas palabras en árabe que no entendí. Nos miró a todos, con parsimonia. Diez varones tristes, ensopados de lluvia, ateridos, esperando junto al cuerpo de un hombre bueno. Habló en voz muy alta y ceremoniosa, y me miró, como estudiándome. Nueve de nosotros murmuraron unas palabras que seguían pareciéndome árabes. Bajé la cabeza para disimular mi mutismo, mi turbación. Sin embargo, pude sentir que el Rabino nos observaba, hablando con un tono que pasaba del desconcierto al enojo. Había advertido que éramos 10 varones y, al mismo tiempo, éramos 9. No había solución posible. Ante nuestro silencio, infinitesimal, el Rabino me señaló. Chiche me miró, miró al Rabino y dijo, con firmeza: — Siga nomás. Este es ashkenazi. No entiende nada. El resto asintió con la cabeza. El Rabino dudó un instante. Luego pareció reconfortado, me sonrió beatíficamente y comenzó el rezo. Esa mañana gélida y aciaga, fue escenario y testigo de un acto de justicia. Y de una gran mentira piadosa.

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A 79 años del levantamiento del ghetto de Varsovia

A propósito del ghetto Por: Elina Malamud (Adherente del Llamamiento) | Página/12 (19 de abril de 2022) No parecés, me dijeron más de una vez cuando yo explicaba que era judía, y siempre me embargaba la loca o sutil percepción de que esa frase –que hoy día ya nadie repite– pretendía ser un halago… En estas reminiscencias andaba mientras abría el cajón de la mantelería heredada para preparar la mesa del primer séder de Pesaj, la primera cena de las Pascuas judías en las que desde hace tres mil años –día más, día menos– recordamos que fuimos esclavos en Egipto y, por mandato de nuestro dios, transmitimos a las generaciones que nos siguen el relato de aquella epopeya tan discutida y complicada de manera que no nos carcoma el olvido. A los ateos no nos complica repetirlo cada año porque Él, aun siendo novedoso en su concepción de sí mismo, ha sabido adaptarse a los nuevos tiempos de la dialéctica materialista y, aunque mandón e impiadoso, no nos excomulga desde su divina y eterna majestad a cambio de que le sigamos la corriente como si existiera. Me miraba, desde el cajón de marras, el mantel de zephir celaco a cuadros azules y blancos, que mi mamá tendía sobre una larga mesa para servir el chocolate de cumpleaños, en mi infancia lejana. Recordar mi cumpleaños me trae a la memoria que nací apenas un par de años después del Armisticio que se firmó en la madrugada del 9 de mayo, quiero decir de la rendición de la Alemania nazi, del fin de la Segunda Guerra Mundial. Y no fue un tiempo casual. Mis padres cargaban con cierta indolencia para el alborozo y el optimismo, propia de algunos inmigrantes del Este de Europa y, siempre atenciosos a los hechos globales, se negaban a traer más judíos o judías al mundo mientras fueran ciertas algunas noticias de la guerra europea que leerían quién sabe cómo y dónde, con un asombro extraño, escarchado entre el pasmo y la incredulidad. Relaté en varias ocasiones pasajes pavorosos o de prodigiosa valentía sucedidos en aquella guerra, tal vez la más escalofriante de la historia humana. Me viene a la mente la imagen de Lena Gartenstein cerrando, llena de rabia, la puerta de su casa de Varsovia y guardándose la llave en el bolsillo cuando debió trasladarse al ghetto. El 19 de abril de 1943 –fecha de celebración de las Pascuas judías de ese año– oyó, desde el pequeño departamento donde dos muchachas polacas la habían escondido, el estruendo de la rebelión en el ghetto del que había escapado unos días antes; sintió el olor de los incendios y la explosión final que lo redujo a escombros. Cuando todo terminó, salió a la calle y simplemente se puso a caminar, contemplando o sin contemplar las ruinas de Varsovia, ya sin ninguna llave ni ningún mantel a cuadros que pudiera encontrar en un cajón cuando quisiera recordar su pasado. En esta página he instituido memoria de esa guerra, de las rebeliones y también de los judíos que escapaban de otros ghettos para esconderse en los bosques y unirse a los partisanos o simplemente para sobrevivir; de cómo Alexander Pechersky atisbó, tras la arboleda del lager de Sobibor, el humo en el que volaban las almas incineradas de los que acababan de llegar con él al campo de exterminio. Ya los judíos contamos tantas veces la Jurbn –la destrucción–  que acabó con los templos bíblicos y con la sinagoga de Varsovia y siguiendo la tradición de Pésaj, seguimos relatando nuestras grandezas, nuestras tragedias y nuestras rebeliones para mantenerlas en la memoria colectiva. Pero, ¿qué significa guardar la memoria de aquellos años de desquicio de la humanidad que recordamos cada mes de abril cuando evocamos el levantamiento del Ghetto de Varsovia? Ya no es suficiente memorar el hambre, el apiñamiento, la caza del hombre, la tisis y la muerte o la obstinación en sobrevivir y mantenerse humanos. Porque el ghetto no brotó de un huevo sorpresivamente roto. Hubo un camino recorrido por gentes humanas que consideraron más que admisible, tal vez hasta meritorio, avanzar hacia el Este de su casa, con el derecho autoconcedido de vaciar territorios, en una escalada de clasificación del otro con los cánones raciales inventados por el positivismo. ¿Cómo pasó? Sería suficiente volver los ojos atrás para sentir el resentimiento decimonónico de los campesinos ante el abuso señorial, ahogado más que contenido por el pastor luterano y enquistado en sus almas agobiadas, de manera que confundieran la realidad de la explotación con la culpa por propios pecados; aplaudir el empoderamiento de los trabajadores en la socialdemocracia alemana, primera organización obrera de Europa y ejemplo de las que surgirían, pero que aprobó, con nacional patriotismo, los empréstitos necesarios para la Primera Guerra y fue culpable del bárbaro asesinato de Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht. En esa Alemania humillada por el tratado de Versalles, muerta de frío porque el carbón se iba a Francia, el desconcierto ante el futuro, la inflación descontrolada, el elevado costo de vida llevaron a la población al borde de la sublevación. Surgió entonces el dirigente necesario, carismático, que aunque defenestró a la casta —política– y su sistema liberal parlamentario, entró en su juego para destruir la democracia desde dentro, como el peligroso fantoche pelucón que hoy lo imita, practicando sus muecas y sus tonos de voz frente al espejo. Buscó un enemigo que fuera culpable de las pesadumbres del pueblo y lo encontró en el gitano, en el judío, en el que percibía su sexo de manera peculiar, en el que tenía un cuerpo que se salía de las normas, en los adeptos a religiones humanistas o a las artes centenarias, en los propios eslavos y, para ellos, decretó las leyes raciales que justificaban desocupar Europa de esperpentos subhumanos. Armó grupos paramilitares contra las organizaciones obreras, contra los comunistas y los piqueteros que llevaban a sus hijos a las marchas cuando tendrían que estar en la escuela, y con ellos estrenó los protocampos de concentración cuando apenas mediaban

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SPINOZA Y LA CULTURA JUDÍA ARGENTINA

Entrevista a Diego Tatián sobre una escena intelectual atravesada por el autor de Ética POR: DIEGO SZTULWARK | El Cohete a la Luna (6 de febrero de 2022) En varios de los trabajos de Diego Tatián, doctor en Filosofía, docente y prolífico autor, aparecen referencias preciosas a escritores y editores como Manuel Sadosky y Gregorio Weinberg, León Dujovne, Gregorio Bermann, Samuel Glusberg, Oscar Cohan, Alberto Gerchunoff y Bernardo Verbitsky, animadores de una escena cultural de libros, teatro, revistas y conferencias. En conversación con El Cohete, le preguntamos sobre ellos. —En tu libro Lecturas imaginarias hacés referencia a Samuel Glusberg (seudónimo de Enrique Espinoza –compuesto por la españolización del nombre de Heine y del apellido de Spinoza– y autor de Spinoza, águila y paloma) como “protagonista de la cultura judía de izquierda”. También evocás a Alberto Gerchunoff, fundador de la Sociedad Hebraica Argentina, militante socialista y autor de la autobiografía Entre Ríos, mi país, en la que los judíos recién llegados de Europa conciben a la Argentina como una “república de hombres libres”. ¿Qué clase de izquierda era esa, y cómo funciona en ella la condición de la migración judía a la Argentina? —En la primera mitad del siglo XX hubo una acción cultural e intelectual muy importante por parte de escritores y filósofos judíos, que no fue marginal en la república de las letras porteña ni carecía de vinculaciones con los grupos que animaban la vida literaria de Buenos Aires, como Sur, Boedo, etc. En el caso de Gregorio Bermann, desarrolló su vida intelectual en Córdoba. Aunque llegó a esa provincia poco después de la Reforma Universitaria, fue una de las plumas más relevantes de esa máquina colectiva de escribir que fue la cultura reformista, introductor del psicoanálisis y corresponsal de Freud, combatiente voluntario de la República en la Guerra Civil Española, referente de la izquierda política por muchos años y en los ’60, hacia el final de su vida, compañero de ruta del grupo Pasado y Presente. Imagino que esa acción además producía efectos importantes hacia el interior de la comunidad judía y libraba una batalla contra el judaísmo más conservador. Spinoza pudo haber sido el nombre que organizó esa contienda (una fractura que en el terreno político llega hasta nuestros días). En el caso de Glusberg, es explícito el seudónimo, que compone el nombre de pila del gran poeta de la izquierda hegeliana y el apellido españolizado de un judío laico proscripto y maldito. Glusberg publica en 1932 una novela breve de Alberto Gerchunoff llamada Los amores de Spinoza, en la que recrea la leyenda de un amor no correspondido del filósofo con la hija de su maestro de latín. Sería interesante estudiar –creo que no hay un estudio suficiente sobre esto– el impacto que tuvo en los intelectuales judíos argentinos la llegada al país de Rodolfo Mondolfo en 1939, expulsado de Italia por su condición de socialista, y principalmente por judío, tras haber sido sancionadas las leyes raciales de Mussolini. Glusberg publica la traducción de algunos artículos de Mondolfo sobre Spinoza en la revista Babel, de la que era editor. En ese mapa, sacando a Bermann –ideológicamente inscripto en una izquierda más radical–, creo que este grupo de intelectuales judíos, con matices importantes, comulgaron con un socialismo democrático y pacifista. Gerchunoff más orgánicamente, ya que se afilió muy joven al Partido Socialista; Glusberg a través de la acción editorial y cultural en medios socialistas. —En tu introducción a la memorable obra de León Dujovne, Spinoza, mencionás su labor docente (en la UBA), periodística, ensayística y de traductor, su adhesión al socialismo y su amistad con Jorge Luis Borges. ¿Qué importancia tuvo su Spinoza en la filosofía argentina? —Editado en cuatro volúmenes por el Instituto de Filosofía de la UBA entre 1941 y 1944, el Spinoza de Dujovne fue la gran introducción de la filosofía spinozista en el mundo de habla española. Su tesis principal es que la herejía de Spinoza tiene raíces en el judaísmo antiguo, es la expresión de un judaísmo marginado, y que su Ética es también una alta expresión de la cultura judía. Dujovne era un políglota, trabajó con prácticamente toda la bibliografía existente hasta ese momento, en todas las lenguas. El destino de su biblioteca es curioso. Cierta vez le comenté a Horacio González –quien me dijo haber asistido a algunas clases de Dujovne, según él, un profesor aburrido– que estaba buscando desde hacía tiempo los volúmenes de su mítica obra sin poder hallarlos. Creo que fue a fines de los ’90 o comienzos de los 2000. Me sugirió que fuera a la librería Romano, cuando aún existía en la calle Lavalle. Fui ese mismo día. Apenas entré, había un largo contenedor en el centro, con libros ordenados de lomo. Todos eran de o sobre Spinoza. El libro de Dujovne que había ido a buscar no lo encontré; lo que encontré fue su biblioteca personal, ni más ni menos. Los libros tenían la firma de Dujovne y el sello de la Biblioteca de la Universidad Bar Ilan de Buenos Aires, donde seguramente fueron donados tras su muerte en 1984. Cuando Bar Ilan cerró al no poder contar con el financiamiento del Banco Mayo, presumo que vendió la biblioteca, y los libros de Dujovne que formaban parte de ella, a las librerías de viejo. Una pena que no se conservase íntegra. En la Biblioteca de la Sociedad Hebraica (que lleva el nombre de Alberto Gerchunoff) hay joyas de la bibliografía spinozista antigua, muchas de ellas donadas por el bibliómano polaco Jacob Shatzky. No estoy seguro de cuándo es esa donación, pero tal vez también pudo ser aprovechada por Dujovne para su trabajo. La reedición completa del Spinoza de Dujovne (en dos volúmenes) fue una de las últimas publicaciones de la Biblioteca Nacional cuando Horacio González era su Director. Han transcurrido setenta años desde su publicación original, pero no ha perdido su importancia para el spinozismo en lengua castellana. —Bernardo Verbitsky fue jefe de redacción de la revista Davar, Manuel Sadosky y Gregorio Weinberg dirigieron la colección de Clásicos Fundamentales para la Editorial Lautaro, Gregorio Bermann escribió también sobre Spinoza

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“Madre, me caso el 22, y no es judío”

Acerca de Alejandra Pizarnik Por: Héctor Gurvit (miembro del Llamamiento) – 21 de febrero de 2022 El día 25 de setiembre de 2021, sábado, en la Ciudad de Avellaneda, se realizó un homenaje a Alejandra Pizarnik. Como parte del acto, se inauguró una placa en la llamada esquina Pizarnik, en Lambaré y Necochea, Quinta Galli, donde vivía con sus padres. En esa actividad participaron personalidades de la Ciudad y organizaciones que nuclean a escritores locales en todos los géneros de la literatura: EDEA (Encuentro de Escritores de Avellaneda), REIA (Reunión de Escritores Independientes de Avellaneda), SADE Sur bonaerense, entre otras. Con palabras de Darcy Tortonese, poeta e investigadora de Avellaneda, quien fuera compañera de la escuela secundaria de Pizarnik, se dio inicio al encuentro con la evocación de momentos emotivos y divertidos de su adolescencia. También hicieron uso de la palabra la poeta Raquel Fernández, la novelista Ana Beatriz Romasco, entre otros y otras. Sin embargo, en esta nota desarrollaremos un perfil poco referido, de lo que fue Alejandra, de su personalidad y algunos datos que muestran otros aspectos interesantes de su vida. Cuando vuelvo a rescatar de la biblioteca las poesías completas de Pizarnik, reflexiono sobre lo que ella pensaba de sí misma, que era gorda, que tenía asma, que tartamudeaba, que tenía en la cara ciertas marcas, producto del acné y la contrastamos con su fotografía, parece que estuviéramos viendo una imagen producida. No se corresponde con su autopercepción. Unos ojos claros, el pelo cortado a la usanza francesa de los años ‘60, el cigarrillo… Creo que fue (cuesta hablar en pasado) una de esas mujeres a las que, los machos en proceso de deconstrucción, les decimos interesante, con signos de admiración. Hubiera sido fascinante poder conversar con ella. Sin embargo, sería un monólogo. No cualquiera le resultaba atrayente. Eran sus amigos: Julio Cortázar, Aurora Bernárdez, Olga Orozco, Ítalo Calvino, entre otros y otras.  Decir que Alejandra Pizarnik es la poeta maldita de la Argentina es ingresar en lo que siempre se dice acerca de su vida. Es preferible pensar a Pizarnik como una mujer compenetrada en sus escritos. La imagino en su casa, en Avellaneda, en Lambaré 114, en su pequeño escritorio de tapa verde, acompañada de lápices de colores y de su máquina de escribir cursiva. Todo lo que se dice de Pizarnik, o los documentales que hablan de ella, lo hacen desde la tragedia. Como si eso fuera lo importante. Es preferible hablar de Pizarnik desde lo que escribe, de lo que ella “piensa” (si vale el tiempo verbal). Y para saberlo, si es que verdaderamente queremos conocerla, hay que leer sus diarios. Hay quienes, aún admirando su poesía, no quieren leerlos. Afirman que es ultrajar su intimidad. Vivió entre 1936 y 1972. Veamos todo lo que pasó en aquellos años. Una enumeración incompleta: Segunda Guerra Mundial. La Shoá. Perón, del 45 en adelante. El mayo francés de 1968. Los Beatles y los Rolling Stone. Los Hippies. La revolución cubana, el Che, Argelia. Aquellos años fueron una avalancha de sucesos que marcaron significativamente la historia del mundo. En ningún pasaje de sus diarios se hace mención a estos ni a otros hechos de su tiempo. Acaso unos tan relevantes como los otros.  En cuanto a mí, se me ocurren cuestiones políticamente incorrectas. A veces la comparo, una caprichosa comparación, con Ana Frank, porque ambas vivieron afuera del mundo. Por su edad, y por lo que escriben, que refieren en contados momentos al drama exterior y sin embargo no dejan de estar presentes. Ambas están afuera, de distinta manera claro, pero afuera. Ambos son diarios. Pizarnik vivía una vida concentrada en la literatura y desconcentrada del mundo. Para ella el mundo se dividía entre los que escriben y los que leen, mas allá no había nada. Pizarnik, como ya lo dijimos, está en sus diarios, unos cuadernillos que fueron escritos para que se lean. De otro modo los hubiera destruido. Hay, en ellos, una oración que resulta reveladora de su relación con el entorno. Dice: “leo la historia del surrealismo, al llegar al capítulo dedicado al marxismo y a la situación social, económica, etcétera de nuestra época, cierro violentamente el libro y lo guardo, me horrorizo de mi falta de interés, no puedo remediarlo, denme al hombre, no a las masas”. Más adelante agrega: “Yo, yo, yo, yo. Soy la mujer más egoísta del mundo. No sólo vivo por y para mí, sino que exijo de los demás que den elementos que en mí no hallo, elementos que se refieren a mí, siempre a mí”. Y en otro tramo: “me parece imposible encontrar belleza en cualquier tema argentino”. Y en 1970, cuando Levingston asume, reemplazando a Onganía dice: “cabe agregar que afuera hubo o hay un golpe de estado o algo parecido”. Veamos ahora lo que Pizarnik pensaba de la poesía: “escribo como puedo, jamás sería capaz de escribir un soneto ni una apología al jardín de esa plaza, jamás sabría componer un alejandrino ni calcular una rima, no lo lamento porque D.M. tampoco podría hacer ninguno de mis poemas. Me sorprende la rima, me sorprende y me disgusta, tiene algo de mágico, algo de melodioso que no carece de atractivo, pero después de Vallejo, todo lo demás, es llanto casual”. La mayoría de los nombres propios, en su diario, se referencian con las iniciales. Y cómo dice ella que escribe. “el método que utilizo para escribir es éste, escribo sin pensar, todo lo que venga de allá, lo guardo. Al día siguiente releo lo escrito y pienso, supero los reparos. Si no fuera por estas líneas muero asfixiada”, y sigue: “cada palabra debe estar llena de polvo, de cielo, de amor, de orín, de violetas, de sudor y de miedo, cada palabra, cada palabra ha de ser gastada, pulida, retocada, sufrida”. Y cuando habla de las sensaciones, de cómo se manifestaba en lo sexual dice: “es muy tarde, estoy excitada, deseo un cuerpo junto al mío, cualquiera, cualquier sexo, cualquier edad, eso es lo

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Purim: ¿Siempre hay motivos para festejar?

Por: Rab. Andy Faur | Página del Judaísmo Laico y Humanista Tengo que confesarlo. Me gustan las festividades judías, sus relatos, sus mensajes, sus costumbres, pero por sobre todo por los valores que de ellas se pueden rescatar: humanistas, progresistas, universales, nobles y ecuménicos. Esto es válido hasta que llega Purim… Con Purim hay un gran problema de identificación para aquellos judíos cuya visión de la cultura judía es laica, crítica, humanista y no sectorial. La historia de la festividad / Meguilat Ester Purim se festeja el 14 y el 15 del mes de Adar (último mes del calendario bíblico, que comenzaba en Nisan) y recuerda la salvación de los judíos (una vez más…) de manos de sus enemigos. Esta vez es del malvado Haman – otra de las sempiternas reencarnaciones del genocida bíblico Amalek y del rey persa Ajashverosh (Asuero), que quisieron exterminar a los judíos que vivían en el Imperio Persa y su capital Shushán. La historia de lo sucedido en Purim (estimada allá por el siglo V a.e.c.) llega a nosotros a través del Libro de Ester, conocida en hebreo como Meguilat Ester, que es parte del Tanaj o Biblia Hebrea (Antiguo Testamento). Ésta aparece como una de las cinco Meguilot, en la última sección del mismo, denominada Ktuvim o Hagiógrafos. La tradición judía desarrolló con el paso de lo siglos la costumbre de leer cada una de estas Cinco Meguilot en una fiesta determinada, cada una con su particular explicación y contexto.De tal modo: Meguilat Ester se lee en Purim, Shir Hashirim (el Cantar de los Cantares) en Pesaj, Meguilat Rut en Shavuot, Meguilat Eijá (Lamentaciones) en Tishá Beav y Kohélet (Eclesiastés) en la fiesta de Sucot. Meguilat Ester, relato corto de solo diez capítulos, narra la historia de Mordejai el judío y su prima (a la que criócomo una hija) la reina Ester y de cómo lograron salvar a los judíos del edicto de exterminio decretado por el Rey Ajashverosh, a la sazón esposo de Ester, elucubrado por su demoníaco asesor Haman. Algunas curiosidades Meguilat Ester es la única parte del texto bíblico, que no aparece en el Canon Palestinense encontrado en Qumrán, más conocido como los Rollos del Mar Muerto. Como el resto de los nombres de los meses del calendario hebreo, también Adar proviene del idioma acadio/babilónico cuyo origen puede deberse al nombre del dios babílonico Ad’er o de la palabra Addaru, que significa oscuro, probablemente relacionada con la época del año en el que se ubica el mes, a finales del invierno boreal. Ishtar , diosa babilónica de la fertilidad y Marduj, dios jefe de los cielos, eran los nombres de dos de los principales dioses del Panteón babilónico de la época. Coincidentemente ambos, tienen un parecido asombroso con los nombres de los héroes de nuestro relato y, casualmente, Hamán era el nombre acadio del Diablo del Infierno… Purim no aparece entre las festividades de la Torá, denominadas Jaguéi Mideoraita y la lectura de Meguilat Ester, al igual que el encendido de las velas de Januká, son parte de las siete Mitzvot Derabanan, siete preceptos decretados por sabios de épocas posteriores. Identificación y Valores Las festividades judías traen consigo una serie de relatos, historias, leyendas y personajes con los cuales los judíos, generación tras generación, se identifican con los mismos. Pero en Purim… ¿Con qué personaje o valor nos podemos identificar en particular?¿Con Mordejai el judío, que lo poco que sabemos de él es que deambulaba por los alrededores del palacio del Rey espiando y chusmeando, hasta su llegada al puesto de visir?¿Con Ester que formó parte del harén del rey persa ocultando su identidad judía, y cuyo verdadero nombre era Hadassa, pero utilizaba el de Ester, nombre persa común entre los judíos más asimilados de las clases altas de Persia de aquellas épocas? Según lo relatado en la Meguilá, Ester era una joven que hacía caso a todo lo que le decían sin dudar o cuestionar, que se sometió sumisamente a los deseos del todopoderoso rey de Persia (que ni siquiera era judío) y se convirtió en su obediente esposa favorita, hasta su valiente “despertar” como judía. Me permito citar fuentes importantes de la cultura judía respecto al tema. En el Talmud de Babilonia, Tratado de Taanit 29:1, aparece lo siguiente: “Cuando comienza Adar, aumentamos las alegrías”.Y en el Libro de Ester: Cap. 9:15 “…y los judíos que residían en Shushán se reunieron el día catorce del mes de Adar y mataron a trescientos hombres en Shushán..”. (9:16) “… y también se agruparon los demás judíos que vivían en las provincias del rey, y pelearon por sus vidas, y tuvieron descanso de sus enemigos luego de haber matado entre los que les odiaban a setenta y cinco mil…”. (9:17) “…el día trece del mes de Adar. Y el día catorce del mismo descansaron y lo hicieron día de fiesta y de alegría…” Una vez que el edicto de muerte del mismo rey Asuero en contra de los judíos fue reemplazado por otro mandato real que permitía a los judíos defenderse y matar a aquellos que quisieran atacarlos, Mordejai se encontraba ya en el lugar de consejero del rey, reemplazando al difunto Hamán y Ester gozaba de los favores del rey que le promete: “… hasta la mitad del reino te será concedida…”. En esta instancia, cuando ambos (Mordejai y Ester) estaban en la cima del poder, no pudieron o no quisieron detener la masacre de miles de persas y otros pueblos dispersos por el reino, que se iban a levantar o se levantaron contra los judíos y que estos, en un acto de autodefensa o venganza (ninguno de estos puntos queda muy claro de la lectura del texto) mataron por millares, incluyendo mujeres y niños… ¿Motivo de regocijo?También los diez hijos de Haman fueron muertos en estos eventos y es ésta la única vez que se los nombra en el relato. ¿Acaso los hijos son también responsables de los actos de sus padres? ¿Fue un acto de venganza o quizás

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‘Solo judíos’: la mayoría de los judíos europeos no pertenecen a ninguna denominación, revela un nuevo estudio

Por: Judy Maltz | Haaretz (2 de febrero de 2022) Foto: Una menorá de Hanukkah iluminada en Berlín, en 2021 La investigación entre 12 comunidades también encuentra que los judíos europeos tienen más probabilidades de verse a sí mismos como una minoría religiosa que como una minoría étnica, incluso si no son observantes. La memoria del Holocausto juega un papel mucho más importante en la identidad judía europea que el apoyo a Israel o la creencia en Dios, según un nuevo estudio publicado el miércoles. “Las identidades judías de los judíos europeos: qué, por qué y cómo”, del Instituto para la Investigación de Políticas Judías con sede en Londres sobre la identidad judía europea, encontró que los judíos europeos tienen más probabilidades de verse a sí mismos como una minoría religiosa que como una minoría étnica, incluso aunque la mayoría no son practicantes de la religión. Los hallazgos se basan en datos recopilados de más de 16.000 judíos que vivían en 12 países de la Unión Europea en el momento de la encuesta. Si bien la mayoría de los judíos europeos asisten a un seder de Pésaj y ayunan en Yom Kippur , no asisten a la sinagoga con regularidad, no comen comida kosher ni guardan Shabat . Según los hallazgos, es mucho más probable que los judíos europeos más jóvenes sean ortodoxos o ultraortodoxos que sus contrapartes mayores. Una comparación de países muestra que Bélgica tiene la mayor proporción de judíos ortodoxos en Europa, mientras que España tiene la mayor proporción de judíos reformistas. Los hallazgos se basan en datos recopilados en 2018, como parte de un estudio encargado por la UE sobre las percepciones y experiencias judías del antisemitismo, que nunca se publicó anteriormente. El análisis de datos fue realizado por el Prof. Sergio DellaPergola, ampliamente conocido como el decano de los demógrafos judíos, quien se desempeña como presidente de la Unidad de Demografía Judía Europea de JPR, y el Dr. Daniel Staetsky, investigador principal de JPR y director de su European Jewish Demography Unit. Unidad de Demografía.- Anuncio -https://02de4228f80c575a6d2fb270e97159c0.safeframe.googlesyndication.com/safeframe/1-0-38/html/container.html Los datos se recopilaron en los siguientes países: Austria, Bélgica, Dinamarca, Francia, Alemania, Hungría, Italia, Países Bajos, Polonia, España, Suecia y Reino Unido. De estos, Francia y el Reino Unido tienen las comunidades judías más grandes y Dinamarca la más pequeña. “Hay mucho material de reflexión aquí, con implicaciones potencialmente significativas para la educación judía y el desarrollo comunitario en el futuro”, dijo el Dr. Jonathan Boyd, director ejecutivo de JPR, en un comunicado que anuncia la publicación del estudio. Estos son algunos de los hallazgos clave: ■ Entre los judíos europeos, el 5 por ciento se identifica como haredi (ultraortodoxo), el 8 por ciento como ortodoxo y el 15 por ciento como reformista/progresista. La mayoría, sin embargo, no se identifica con ninguna de estas denominaciones. De hecho, encabezando la lista de «modos de expresión del judaísmo personal» está «simplemente judío» (38 por ciento), seguido de «tradicional» (24 por ciento). Por el contrario, según una Encuesta Pew reciente de judíos estadounidenses , publicada en mayo, la gran mayoría de los judíos estadounidenses (63 por ciento) se identifican con una de las siguientes tres denominaciones: reformistas (37 por ciento), conservadores (17 por ciento) y ortodoxos ( 9 por ciento). Los judíos europeos más jóvenes (de 16 a 29 años) tienen más probabilidades de observar la religión que los judíos europeos mayores (70 años o más). De hecho, el 22 por ciento de los judíos europeos jóvenes se identifican como haredi u ortodoxos, en comparación con solo el 5 por ciento de los judíos europeos mayores, quienes tienen muchas más probabilidades de identificarse como «solo judíos» (49 por ciento).- Anuncio -https://02de4228f80c575a6d2fb270e97159c0.safeframe.googlesyndication.com/safeframe/1-0-38/html/container.html El estudio encontró diferencias sorprendentes en este sentido entre los 12 países. Mientras que los judíos haredi representan el 31 por ciento de la población judía total de Bélgica (debido principalmente a su gran concentración en Amberes), comprenden menos del 1 por ciento de las poblaciones judías de Dinamarca, Suecia y España. Los judíos ortodoxos representan alrededor del 10 por ciento del total en Bélgica, Francia, Italia y el Reino Unido, pero solo el 1 por ciento en Hungría. Mientras tanto, los judíos progresistas/reformistas representan el 20 por ciento o más del total en España, Alemania y los Países Bajos, pero solo el 8 por ciento en Bélgica y el 5 por ciento en Hungría. ■ “Recordar el Holocausto ” y “combatir el antisemitismo ” encabezan la lista de los elementos más esenciales de la identidad judía europea. Cuando se les preguntó qué aspectos de su identidad judía eran «muy importantes» para ellos, el 78 por ciento de los encuestados marcó «recordar el Holocausto» y el 73 por ciento marcó «combatir el antisemitismo». Un poco más de la mitad de los encuestados (51 por ciento) marcó «apoyar a Israel» (casi el mismo porcentaje que «compartir festivales judíos con la familia»), mientras que solo un tercio marcó «creer en Dios» (casi la misma fracción que «donar a Israel»). caridad»).  – Anuncio -https://02de4228f80c575a6d2fb270e97159c0.safeframe.googlesyndication.com/safeframe/1-0-38/html/container.html ■ Incluso si no llevan una vida religiosa, es más probable que los judíos europeos se vean a sí mismos como una minoría religiosa que como una minoría étnica. En la encuesta, se preguntó a los encuestados si se consideraban judíos por motivos de religión, cultura, educación, etnia, parentesco o cualquier otra razón. Entre los que marcaron una sola respuesta, la religión fue la primera opción (35 por ciento), seguida por la paternidad (26 por ciento), la cultura (11 por ciento) y la herencia (10 por ciento). Solo el 9 por ciento de los encuestados verificó el origen étnico (con otro 3 por ciento verificó la crianza). Los encuestados del Reino Unido, Bélgica, Italia y España tenían más probabilidades de describirse a sí mismos como judíos por religión que los encuestados de Hungría, Polonia, Suecia y los Países Bajos. ■ Entre los judíos europeos, los belgas poseen la identidad judía más fuerte y los polacos la más débil. Se pidió a los encuestados que calificaran su nivel de identidad judía en una escala del uno al 10. La puntuación media en Bélgica fue de 8,8, mientras que en Polonia fue de 6,4. Los siguientes en la fila después de Bélgica fueron España e Italia (ambos 8,3), Francia (8,1)

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