Shtisel, un mundo de mierda

Lo que otros no te dicen de la serie israelí por correctos o pelotudos

Eduardo Blaustein | Socompa (27 de mayo de 2021)

Será por un asunto de corrección política, todos educaditos, pero nadie habla de la muy vista serie israelí como se lo merece. O al menos como la interpreta el autor de esta nota. Qué refleja Shtisel acerca del mundo de los ultraortodoxos en Israel, gente muy religiosa y muy pilla, dada al choriplanerismo religioso.

Tiene bastante de telenovela clásica, de esas tipo Migré que conocimos en los 60 y 70, y a veces hasta de culebrón tropical. Solo que se habla en distintos formatos de hebreo e ídish. No aporta casi nada de nuevo al arte de la puesta en escena, ni de la fotografía, ni de la narración, aunque sus diálogos –en general breves- son sutiles, inteligentes, muy eficaces, mejor editados. La serie de vez en cuando conmueve –sobre todo cuando sus personajes son capaces de salir de las trampas que se autoimponen-, engancha, pero sobre todo (así le sucede a quien escribe) irrita un montonazo. Eso dependerá de quien la vea. La mayor parte de las actuaciones van de muy buenas a extraordinarias, im-pre-sionantes, y quizá más se conmuevan ante esas actuaciones los judíos que todavía guardan alguna memoria remota de las gestualidades, inflexiones, sabores e intimidades de lo ídish. Ayuda mucho a la serie su componente “antropológica” que muchos verán como colorida o puramente exótica.

Shitsel se comenzó a rodar con un presupuesto rata y hasta con grabaciones distantes por falta de financiación. Hasta que terminó convirtiéndose en uno de esos malditos nichos de mercado y fue comprada por Netflix. En Netflix lo judío ya aparece como un renglón o sección específica de ficciones a vender, mientras que Amazon compró la franquicia para adaptarla a Nueva York. La serie no tiene nada de espectacular, ni de original, salvo –no es poco- su temática, sus personajes, su muy cuidada mesura, su sensibilidad y su inteligencia. Nada extraordinario, pero es a la vez una buena, pero muy buena serie. Sin embargo, lo que nos convoca a escribir aquí es hacer algo sobre la serie que no hemos visto o leído en las redes: hacer de Shitsel una lectura que no pase exclusivamente por lo colorido o lo existencial, sino hacer una lectura política.

Shtisel es una serie israelí que se desarrolla en el barrio de Geula, en Jerusalén. Ese barrio medio fulería, en la real realidad –como decía Gasalla- está poblado mayoritariamente por haredim, corriente dominante de los judíos ultraortodoxos. El 20 por ciento de ellos vive bajo la línea de pobreza. Alerta spoiler: porque no quieren laburar. Los Shitsel pertenecen a una de esas familias ultraortodoxas. Obviamos acá la parte de los vestuarios: levitas y sombreros negros, barbas enormes, peyes o peyot (los rulos que llevan sobre las sienes, precepto bíblico). Casi todos son rabinos, todos se la pasan estudiando el Talmud, solo aspiran a enseñar o trepar en sus yehsivot –escuelas religiosas-, mientras las mujeres sostienen la reproducción cotidiana: lavan, planchan, paren, cocinan, atienden a los caprichos de sus maridos, aunque se las ingenian también para empoderarse y –casi tanto como los masculinos- manipular a maridos, hijos o ajenos.

Lo fundamental de la serie es el retrato de la vida cotidiana de una familia ultraortodoxa. Un mundo del año 1000 en Sefarad/España, aunque allí las cosas eran más luminosas gracias a la convivencia con los árabes, la cultura más dinámica y brillante de la época. Un mundo entonces del siglo XV o XVI en alguna aldea de Europa Oriental, donde según más de un autor judío los espíritus más libres eran los judíos pobres, los menos estudiosos y religiosos. Estos Shtisel, en cambio, viven torturados, presionados, llenos de culpas por supuesto, horriblemente pendientes del qué dirán. Como los ultraortodoxos de la real realidad, los Shtisel viven al margen de la sociedad, el Estado y todo Occidente. Todo lo lejos que puedan de la televisión satánica, la ciencia, la tecnología y el sexo y regidos por la autoridad indiscutible del Señor, la Torá y las infinitas, laberínticas autoridades rabínicas. Ya veremos que eso de vivir lejos de los beneficios del Estado y la ciencia –en la real realidad- es relativo.

Esta gente no conoce la palabra amor ni enamorarse (“¿De dónde sacaste esa palabra?”, dice una madre a su hijo en algún capítulo). Los matrimonios –urgidos pues hay que multiplicarse y ser severos y cumplir los ritos- se conciertan mediante casamenteros y para casarse bastan dos o tres citas. Si no te arreglaste con eso o sos un loco o un desastre descarriado de la grey. Nada de tocarse los cuerpos antes del casamiento. Nada de nada, nada mal. Si en el contexto de reglas religiosas o culturales despiadadas hay un fracaso, eso debe ocultarse. Si una mujer es engañada o dejada, debe ocultarse. Si en el matrimonio hay un disgusto, una discusión, un malestar, debe ocultarse. A continuar los hombres con sus insufribles estudios infinitos y las mujeres a la cocina.

Tal como se pinta en la serie, el barrio de Geula es feo. Paredes sucias cubiertas de afiches –ídem las cabinas telefónicas- y esos afiches, otra vez, en la vida real, son denuncias que se intercambian los ultraortodoxos por incumplir reglas o mandarse presuntas cagadas. Los departamentos en los que viven los Shitsel no solo son austeros, son horribles. Paredes color crema barata, muebles y sábanas de los peores negocios (o del peor Once), los objetos justos y bien vulgares, las mujeres con pelucas vestidas de manera deplorable, no sea cosa de incitar a la tentación. Ahí va una de esas reglas: el recuerdo en un episodio de la mujer que se lloró todo, toda una noche, porque se le corrió la peluca ante los otros.

Shtisel muestra un mundo del orto (pero doxo), asfixiante, de gente torturada que ríe muy pero muy poco, y menos acaricia o besa, que no puede tomarse libertades ni autonomías. Que no ve la tele, ni va casi al cine (y si va debe negarlo), ni al teatro. Gente que ante cada problemita o problemón acude a la palabra inapelable de un rabino.

Nadie dice sobre Shitsel que lo que la serie retrata es un mundo de mierda. Quedaría feo.

No tan santos

Con lo de mundo de mierda quiero decir entre otras cosas esto: muchos hablan o escriben sobre Shitsel con sumo cuidado, suma delicadeza, alguna ignorancia, con corrección política y sin lecturas políticas. Va como ejemplo un párrafo de algo que leí en El Periódico de Barcelona, en un artículo sobre Shtisel de Care Santos: “No hay crítica, ni odio, ni buenos y malos, ni soberbia, ni reivindicación, ni ganas de convencer a nadie. Tan solo hay naturalidad (…) Nos muestra que todos los seres humanos somos iguales a otros seres humanos, a pesar de las diferencias en las que creemos. Es una vacuna contra la intolerancia. Nos educa.”.

Mmm…

Desconfío de ese párrafo tan bien intencionado, no de la honestidad o convicción con que haya sido escrito. Si hay algo que no tienen los personajes es “naturalidad”. Se reprimen todo.

Sí, todos dicen que los problemas existenciales de la familia Shtisel son universales y sí, obvio, pinta tu aldea y demás y de allí el interés y el valor de la serie. Sí, puede decirse que la serie “no juzga” a sus personajes y su mundo medieval, que solo los describe. Puede decirse, pero no me parece. O estoy loco o solo con en esa mirada.

Por qué no me parece que haya mera descripción. Porque los personajes no son santos varones y santas mujeres que si sufren es por respetar santamente la Ley y sus costumbres. No son meros personajes “raritos” pero románticos y por tanto queribles. No, son un tanto odiosos. Porque obsesivamente buscan los modos de negociar con la Ley, de burlarla y de justificarse. Peor aún, según el caso lo hacen con malos modos, buscan imponerse sobre los otros, si es necesario apelando a la Ley, a la santidad, a la sabiduría de la Torá o de los rabinos (y se sabe para colmo de qué manera disputan sobre la verdad los rabinos).

Más que a menudo –y sobre todo en el caso del jefe de familia, Shulem Shitsel –soberbiamente actuado por Dov Glickman- hay en cada una de sus interacciones con el prójimo pura especulación, búsqueda permanente de ganancia personal, soberbia, desprecio, mezquindad, oportunismo y finalmente una suerte de fracaso perpetuo que de hecho viven todos, medio disfrazado por la negación.

Esa cierta miserabilidad y afán manipulatorio de unos cuantos personajes de la serie no parece mera descripción y me estoy poniendo antisemita (risas), sin saber además cuál fue la intención de los guionistas. Tampoco parece mera “descripción neutra” el hecho de que las veces en que se muestra qué carajo estudian tanto estos tipos en sus escuelas o con qué fundamentan sus posturas se apele a cosas muy chiquitas, ridículas, patéticas, absurdas, además de inconcebibles para el Occidente laico.

No tantos, pero influyentes

Vamos ahora un poco a la real realidad (eso era en el sketch que Gasalla hacía con Urdapilleta y Tortonese, creo recordar).

Los judíos ultraortodoxos representan cerca del 12 por ciento de los 9,3 millones de habitantes de Israel. El porcentaje que parece bajo oculta algunas cosas. La primera: dado el mandato de la reproducción, con cantidad de pibes por familia (hasta ocho y nueve), son el grupo con mayor índice natalidad junto a los árabes israelíes. Los expertos ya proyectan que en dos o tres generaciones serán la mayoría de los judíos israelíes (y eso al que escribe le suena a pesadilla).

Elías Cohen, un escritor, profesor y ex funcionario israelí, dice en una entrevista que le hicieron por una novela que publicó que tiene dos miedos al respecto: “El primero, que Israel se convierta en una teocracia, y el segundo, más universal, es el de los peligros de la automatización del trabajo y la falta de privacidad”. Habla también de un escenario de pesadilla, del que habla su novela distópica Sueños de Nación: “En algún momento el (mundo) religioso nacionalista y el ultraortodoxo se darán cuenta de que tienen más cosas que les unen que las que les separan”.

Lo “curioso”, pero más bien terrible, es cómo viven y qué negocian desde su marginalidad presunta los ultraortodoxos en Israel. Gran parte de los religiosos ultraortodoxos creen que la creación de un Estado judío debió ser producto de la intervención divina, personalísima, del amigo Jehová. Dicho de otro modo: si a Jehová se le dio por destruir a Israel y por rajar a los judíos camino a la diáspora, por algo será. Solo el Mesías puede volver a crear el reino, de modo que el mero intento de crear un estado es una rebelión contra el Dios colérico, además de una provocación contra los pueblos gentiles, que nos pueden romper el orto una vez más.

Desde el inicio del sionismo existió esa divisoria de aguas en el judaísmo del planeta, repleta de otras divisiones (que el uso del ídish o el hebreo, que si sueño socialista o no con kibutizim, ya prácticamente desaparecidos, o movimientos de izquierda como el Bund que se oponía al sionismo). Los rabinos antisionistas se agruparon ya en tiempos de la diáspora en el movimiento Agudath Israel, que ya en Israel se convirtió en uno de los partidos religiosos, profundamente conservador, y luego con representación parlamentaria. Con el tiempo pasaron del antisionismo al no sionismo. Pero lo hicieron porque son unos vivos bárbaros, en defensa de sus creencias o más de sus intereses.

Más realidad real. Los ultraortodoxos viven alejados y ensimismados y encerrados en sus propios barrios y hasta ciudades, a la vez sosteniendo sus partidos políticos y lejos de la televisión, con sus propios comercios y escuelas. Estos tipos son muy religiosos y muy pragmáticos:  se dedican entre otras cosas a la búsqueda de subsidios del Estado para sostener a sus familias numerosas y sus instituciones religiosas. Desde hace décadas –muchas, desde los tiempos fundacionales de David Ben Gurion-, en un país que pasó varias guerras y se hizo belicista y militarizado, se los exceptúa del servicio militar obligatorio. Estiran sus estudios para evitar el servicio militar. Mientras estudian -¿estudian qué?- no sostienen trabajos remunerados, salvo que enseñen en escuelas y alguna que otra actividad marginal. Algo de eso se ve en Shtisel. Y aunque no laburan, sufren y sufren (como en un culebrón). Y cuando les preguntan qué tal, como andás, ellos siempre evitan la respuesta. Se limitan a hacerse los santos respondiendo “Alabado sea el señor”. Hay entre los personajes un simpatiquísimo u horrible canalla, Nuckhem Shtisel, hermano de Shulem, dueño de una nariz gigantesca e idéntico a un enano del mundo de El señor de los anillos, que es un reverendo hijo de puta. Pero se la pasa diciendo de los demás: “Maldita gente malvada”. Otra actuación –y personaje- alucinante.

Estos paisanos míos, que detesto, reciben dinero de otros modos, amén de los ya descriptos. Tienen la potestad (y los ingresos) sobre los casamientos, siendo que no hay casamientos civiles en Israel. Administran también los entierros, así como la determinación de quién es judío y quién no. Y más guita hacen tramitando los certificados de kashrut (lo “correcto” o “apropiado”), muy religiosamente, que rigen en la observación de las dietas judías, lo kosher o no kosher, y que deben cumplirse en bares, restaurantes y hoteles que sirvan, claro, comida kosher.

Estos tipos son choriplaneros de la religión.

En política, parecido a lo que sucede con los partidos catalanistas y vascos de derecha en España (que con mucho blablá defienden a sus respectivas burguesías), utilizan sus números parlamentarios –dice el periodista y documentalista Ezequiel Kopel- “para ser los grandes titiriteros de cada coalición que se articule para conducir a Israel. Pueden ser despreciados por muchos sionistas, pero todos los partidos los necesitan”. Dice también Kopel: “Para los ultraortodoxos, la situación era (es) de pura ganancia. No se ven obligados a reconocer la naturaleza divina del nuevo Israel creado por los sionistas (“enemigos de la religión”, los denominaron), pero a ellos se les reconoce su poder y se los premia por su participación en la política israelí”.

Hay una escena muy buena en Shtisel, anclada en el día de la independencia de Israel (de lo poquísimo que tiene la serie de interacción de ambos mundos, el religioso y el laico). En ella está previsto un desfile de aviones en los cielos. Todos, comenzando por las autoridades de la escuela religiosa, prohíben ver esa abominable demostración de sionismo. Pero todos terminan viendo el desfile, a modo de módica distracción de sus mundos áridos.

Manga de atorrantes

Los tipos estos de Shtisel que repudian lo occidental y al Estado sionista viven del Estado sionista. Su mero desarrollo como comunidad “marginal” es garantizado por el Estado que, a su vez, necesita del voto de los ultraortodoxos en el Parlamento. Y resulta que en el presente hay en Israel más judíos estudiando en escuelas religiosas –particularmente brutitas- que las que existían en tiempos del viejo judaísmo de Europa oriental, tiempos no tan lejanos. Y para colmo arman quilombo. No solo por la agresividad de los ultraortodoxos sino la de los religiosos nacionalistas que toman tierras que no les pertenecen. O los comportamientos fanáticos en tiempos de cuarentenas, negándose a obedecerlas, yendo en masa a las escuelas, sinagogas y cementerios.

Qué quieren que les diga, lectores paisanos o gentiles. A mí, como judío típico, de esos que se lleva neuróticamente y a veces a las patadas con su propia identidad, lo que más me fascinó de Shitsel es que sus personajes son una manga de miserables a veces queribles, que el mundo de los ultraortodoxos es oscuro e igualmente miserable e insoportable (no me pidan que finja tolerancia), que se puede hacer una lectura política y no solo existencial de Shitsel y que me quedo con las ganas de saber qué habrá sido de esta serie en Israel (además de buen rating), país nacido en buena medida como un sueño de liberación socialista -¿imposible?- y hoy devenido en pesadilla reaccionaria, de la que los ortodoxos y ultraortodoxos son parte importante.

Menos mal que se sabe que ninguno de los actores es ultraortodoxo. Más bien, en entrevistas, se consideran ciudadanos del mundo o simples seres humanos, judíos sí, pero trancas. O israelíes que hablan hebreo, no ídish.

Hay una anécdota que cuenta la actriz (y periodista) Neta Riskin, quien interpreta maravillosamente al personaje de Giti Weiss, con la que al principio de la serie uno se identifica y luego también odia, por metida al pedo, por fanática, por cagarle la vida a los hijos. Otra soberbia y manipuladora, cagada en las patas por cumplir con los preceptos religiosos. Cuenta la actriz que un día caminaba con su novio por la calle, ambos abrazaditos. De pronto vio a un judío lituano que venía de frente. El paisano se paró en seco. La actriz notó que el tipo estaba muy impactado de verla, pero en el mal sentido. Es que no le gustó nada verla así de abrazada a un hombre por la calle. Preguntó el judío lituano y ultraortodoxo:

-¿Eres Giti?

-Sí, bueno, mi nombre real es Neta. Pero seré Giti para usted.

-¡¡¡Qué decepción! ¡Pensé que eras real!

Dijo Neta Riskin que aquella vez se sintió muy bien “por arruinarle la vida” al ultraortodoxo chabón.

La venganza será mía, dijo el Señor.

Deuteronomio 32:35.

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One comment on “Shtisel, un mundo de mierda
  1. Graciela Perez Esandi dice:

    Gracias por este artículo. La serie Shtisel la vi entera , vi la vida gris que llevan los personajes, la vida regimentada por una cultura religiosa que parece comprimir el alma mas que elevarla. El blanco y negro dominan las escenas, no hay lugar para el arte, toda lectura es obligatoria, unas vidas tan domesticadas que uno, una, yo, damos, doy , gracias que no tengo que vivir de esa manera. O será que duran, mas que vivir? La escena cuando el padre destruye el retrato que hace el hijo menor de su madre lo dice todo. No hay lugar para expresarse, solo obedecer sin chistar. Encima lo que aporta Eduardo Blaustein acerca de su participación en la vida nacional solo empeora la imagen que de ellos ya tenía.

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