Fuente: Carlos Heller | TiempoAr Fecha: 10 de FEB 2019 Muchas veces, las expresiones de funcionarios, economistas o políticos que se destacan en los medios no resultan las más sustanciosas. Las que aparecen en segundas líneas pueden ser las más importantes. Comencemos con dos ejemplos recientes: Ejemplo 1: Luego de haber decidido fuertes aumentos de tarifas en su paso por el gobierno, el exministro Juan José Aranguren no cree que «la energía sea un derecho humano», porque es escasa y «todo bien escaso es costoso». Un enfoque mercantilista: la energía, si bien puede ser discutible cuán escasa es, satisface necesidades humanas esenciales, en especial a medida que la tecnificación se integra a nuestras vidas, a la vez que cumple un papel esencial en el desarrollo económico y social, según lo define la OIT. Precisamente, esas características le otorgan todas las cualidades de servicio público y, por lo tanto, requiere un tratamiento especial por parte de las autoridades públicas. Esta información fue destacada por casi todos los medios, pero quedó relegada otra información más que preocupante que dio Aranguren: «los usuarios pagaban el 10% de lo que costaba generar energía eléctrica» y actualmente «se está en el 50% porque los subsidios continúan” (El Cronista, 06.02.19). Si luego de los fortísimos aumentos que se han producido en la tarifa de luz los usuarios no llegan a cubrir más del 50% del costo total, eso indicaría que todavía falta otra ronda de aumentos que serán aún más impagables. Una información al margen que sirve para reforzar la memoria. Revisando papeles, encontré una nota de La Nación de febrero de 2015 cuyo título reza: «Si gana Macri la luz será gratis para hogares pobres», y resume las expresiones de Aranguren, quien en ese entonces se perfilaba como ministro de Energía. El ahora exministro también estimaba que ese beneficio llegaría a cubrir las necesidades eléctricas de una familia tipo, alcanzando a 2 millones de hogares, cerca de un 16% del total. Aparece con claridad cómo el macrismo fue construyendo la «posverdad» y las falsas promesas de campaña. Ejemplo 2: Las recientes declaraciones de Mauricio Macri, quien reconoció que «nos está costando (reducir la inflación) más de lo que imaginé, reconozco que fui demasiado optimista». La observación no entraña ninguna novedad. Pero lo preocupante, en este caso, es la definición de cómo encarará este problema a futuro: «la inflación se combate no gastando más de lo que uno tiene». Un enfoque simplista de la inflación, que alaba el ajuste fiscal y no tiene en cuenta, por ejemplo, el fuerte doble impacto sobre los precios de los incrementos tarifarios; primero sobre el consumo de las personas y sobre los costos de las empresas que pagan la factura, y luego su traslado a los precios de los bienes y servicios que se producen. Ni hablar de la traslación del aumento del dólar: según la política actual, el dólar podría subir hasta un 30% sin que el BCRA tome medida alguna, pues está dentro de la zona de no intervención cambiaria definida junto con el FMI. De todas formas, «Guido Sandleris le preparó un informe reservado al presidente, donde asegura que no habrá abruptos saltos del dólar antes de las elecciones», según relata Marcelo Bonelli (Clarín, 08.02.19). En la nota, el periodista revela un encuentro de Macri con economistas, a los cuales les expresó que en el hipotético caso de ganar las elecciones «eso sí, el primer día del nuevo mandato, hago todo lo que tengo que hacer en economía». Para saber qué es todo lo que tiene que hacer, estaría esperando un informe, siempre según Bonelli, de un grupo liderado por Miguel Ángel Broda e integrado por Ricardo López Murphy, José María Dagnino Pastore, Domingo Cavallo y Guillermo Calvo. Pareciera que esta información sería suficiente para imaginarse qué panorama económico nos espera si triunfa Macri: «nada de gradualismo» y un fuerte ajuste que seguirá por mucho tiempo, no sólo por las exigencias del FMI, sino por las propias políticas del gobierno. Esta «confesión» de Macri parece un cambio de estrategia comunicacional. Los problemas económicos son los dominantes en las encuestas de opinión, una cuestión que el gobierno viene evitando abordar, tratando de enfocar el debate en otros temas como seguridad, narcotráfico y corrupción. Pero la imagen positiva del oficialismo sigue bajando. Como tienen casi nada que ofrecer desde lo económico, parece que comenzaron a reconocer algunas falencias, pero siempre dentro del discurso inquebrantable: este es el único camino, el del ajuste, el del FMI. La dura realidad Se acaba de conocer un nuevo relevamiento del Indec sobre la industria manufacturera, que reemplazó al Estimador Mensual Industrial (EMI). El Índice de Producción Industrial Manufacturero, que releva los datos de 85 sectores de la actividad, evidenció una profundización de la caída que ya venía informando el EMI: en diciembre la actividad manufacturera cayó un 14,7% interanual, y el acumulado de todo el año muestra una merma del 5,0%, un verdadero desplome industrial. Más aún, los grandes rubros evidencian una evolución negativa acumulada. Desde alimentos y bebidas (-2,8%) a productos textiles (-36,3%) y otros equipos de transporte (-54,9 por ciento). La construcción también mostró un descenso del 20,5% interanual en diciembre, y un crecimiento acumulado del 0,8%, debido al arrastre positivo en los primeros meses del año. Para enero, el índice de insumos Construya, anticipador de la tendencia de la producción, cayó un 20,1 por ciento. Por su parte, la encuesta de supermercados mostró una reducción de las ventas, medidas en cantidades, del 12,5% en noviembre, comparado con igual mes del año anterior. En el caso de los centros de compra (shoppings) la caída fue del 16,3 por ciento. Paralelamente, fue en la industria en la que se destruyó la mayor cantidad de puestos de trabajo (en los once meses de 2018), unos 63 mil puestos, seguida por el comercio con 33 mil puestos menos y la construcción con una baja de 23 mil trabajadores. Son parte de las consecuencias sociales de la gran recesión que se vive. Como una muestra de