LO QUE SE NOMBRA (cuento)

Por: Ariana Sacroisky

Existen quienes se divierten con las carreras de kartings, otras personas aman el crochet y una proporción nada insignificante de la humanidad es apasionada del boxeo. Bertha se divertía hablando y emitiendo sentencia respecto de la vida de las demás personas.

Trayendo el viejo dicho de “el pez por la boca muere”, la tentación no la generaría en este caso una comida suculenta, sino el dar la opinión que nadie pide sobre el quehacer ajeno. Su indiscreción crónica le había jugado a Bertha esta vez una mala pasada, haciéndola develar una realidad que hubiera preferido seguir desconociendo: su sobrino Ariel, el hijo menor de Jaime, era homosexual. Sí, le gustaban los hombres. 

Bertha siempre se había entendido bien con Ariel, porque ambos eran amantes de la Música Clásica. Ariel la visitaba con relativa frecuencia al atardecer en su departamento de Belgrano, disfrutaban de una picada abundante y variada con cerveza artesanal, y se pasaban horas eligiendo discos de vinilo y apreciando las diversas orquestaciones de las piezas escogidas, en noches negras sin tiempo.

La homosexualidad de Ariel no era nueva para Bertha: se trataba de un secreto a voces en el entorno desde hacía décadas. Nadie podría afirmar que su sobrino estaba atravesando un período de cierta confusión, que la decadencia de la institución familiar le generaba inquietudes, que la falta de perspectivas sobre el Futuro de la Humanidad confundió su sexualidad, que estaba experimentando nuevas emocionas. Nada de eso. Ariel había sido homosexual desde siempre.

Pero una cosa es lo que se Sabe en silencio, y otra, muy diferente, es lo que se Nombra. Bertha se lamentaba de que Ariel ya no diera muestras de prudencia como en sus años mozos. Caminaba tranquilamente por el barrio con su pareja barbuda, como si nada. Incluso llegó a ir con este muchacho a la presentación de un libro sobre la Historia del Judaísmo en Argentina. Las inclinaciones de Ariel comenzaban a resultar, lamentablemente para Bertha, imposibles de ocultar.

Bertha desterró entonces a su sobrino preferido sin titubear ni hacerse preguntas, sino por pura tradición. Conservó la firmeza aun cuando Ariel cayó de sorpresa a su Cumpleaños de 60 con un ramo de rosas blancas, las preferidas de la agasajada, cargado además de amor e ingenuidad. En aquella noche lluviosa de invierno, Bertha lo atendió por el portero eléctrico y le dijo que esperara un minuto, que ya bajaría. Pero no bajó ella, sino que le solicitó a un invitado X, a quien Ariel no conocía, que lo hiciera y le pidiera amablemente a su ex sobrino que se retirara. Ariel se alejó por la calle Freire, protegido por su paraguas y acompañado por el sonido de sus pasos. Luego de pocos meses estaba viviendo en Rosario, lejos de su familia y de su comunidad.

Quince años después, para 2010, Ariel regresó por pocos días a su ciudad natal, Buenos Aires, y Bertha se enteró. Con su salud deteriorada, nostálgica y temerosa, le pidió a su hermano Jaime que se contactara con Ariel, que quería verlo, ¡que solían pasarla tan bien juntos en aquellas noches de charlas, música y sabores! Jaime accedió al pedido de su hermana. Visitó a Ariel en la casa en la que estaba hospedado, y le transmitió el mensaje, que unía discursivamente y sin fisuras la Unión familiar, los Valores y el Pueblo judío. Ariel escuchó en silencio, inclinó la cabeza y entornó los ojos, viajando hacia su refugio interior. Y reposó allí, un instante, o un siglo…

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