¿Hacia dónde van los Estados en Latinoamérica?

Fuente: Raúl Zaffaroni | La Tecla Eñe

Fecha: 6 de noviembre de 2019

En momentos de esperanza para la Argentina es bueno no dejar de echar un vistazo sobre nuestra región y, en particular, sobre el modelo de Estado que impulsa el colonialismo financiero, mediante el endeudamiento astronómico, la supresión de subsidios y planes sociales y la imposición de fuertes ajustes presupuestarios en perjuicio de los más débiles.

Es claro que este nuevo colonialismo erosiona nuestros Estados, que se van alejando del modelo de Estado de Derecho, se abren brechas de odio en las sociedades y renacen prejuicios de toda índole, muchos marcadamente racistas, resabios no superados de las anteriores etapas colonialistas, dando lugar a una particular mezcla de coetaneidad de elementos no coetáneos.

El programa ideológico del colonialismo financiero es claro: formatear sociedades con un 30% de incluidos y 70% de excluidos, conteniendo a los últimos mediante una creación de realidad mediática única y monopólica y, de no ser suficiente, con represión brutal y desembozada.

La ideología con que se encubre esta realidad reemplaza hoy a las esgrimidas por los totalitarismos de entreguerras en cuanto a confrontación con las libertades, la democracia, los Derechos Humanos y el Estado de derecho.

Dicho groseramente, es clarísima la confrontación de Friedrich von Hayek -uno de los máximos teóricos del autodenominado neoliberalismo-, sosteniendo que nadie tiene derecho a nada por el mero hecho de haber nacido, con la famosa nota de Rousseau, que sostenía que siempre alguien debe tener algo que lo motive a sostener el contrato.

Efectivamente: todo Estado de Derecho –para generar un orden– debe ser en alguna medida social pues, cuando esta condición se pierde y muchos quedan sin nada, sólo resta procurar el orden por medio de la mentira y la represión, hasta que todo se desbarata en el desorden.

Es clarísimo que el neoliberalismo no es una ideología liberal. Por el contrario, cabe afirmar –confrontando a von Hayek con Rousseau- que es su antípoda, lo que en el plano real se verifica y también explica la especial empatía de los Chicago boys con la dictadura de Pinochet.

Pero, ante todo, el neoliberalismo es una ideología. Toda ideología es un sistema de ideas que puede ser racional o irracional, según sirva para acercarse a la realidad develándola o alejarse de ella encubriéndola. Por eso, no siempre una ideología es encubridora –concepto sólo negativo que le asignaba Marx-, sino que las hay también que permiten acercarse a la realidad, cuestión a dilucidar por la crítica de las ideologías.

De allí que las ideologías –cuando son encubridoras- al excluir o neutralizar datos de realidad- ocultan el mundo (o parte de éste) a sus seguidores, que acaban creyendo que están haciendo lo que en realidad no hacen o no haciendo lo que en realidad hacen.

El neoliberalismo es, pues, una máscara que encubre las pulsiones totalitarias del corporativismo financiero transnacional y del colonialismo por endeudamiento de nuestra región, valida de un grosero reduccionismo economicista seguido de su aberrante antropología del homo economicus.

Sus seguidores creen que se alejan del modelo de Estado de Derecho para ordenar mediante la violencia punitiva y represiva la sociedad 30 y 70 bajo la forma de Estados de policía, que sería su ideal políticamente antiliberal.

Pero no son sólo sus cultores los que lo creen, sino también solemos creerlo sus críticos. La vieja polarización de modelos ideales de Estado entre los de Derecho (todos iguales ante la ley) y los de policía (todos igualmente sometidos a la voluntad arbitraria del que manda), proveniente de lo confrontación de entreguerras entre democracias y totalitarismos, nos ha encasillado y –ni ellos ni nosotros- tenemos las ideas claras respecto de qué sucede con los Estados a medida que este colonialismo nos aleja del Estado de Derecho, puesto que no es verdad que los conduzca en el sentido del modelo de policía, sino a otro diferente y no suficientemente observado.

En efecto: el modelo de Estado de policía requiere cúpulas fortísimas y verticalizantes, como eran Stalin, Hitler, Mussolini, los genocidas nuestros de la seguridad nacional. Pero las cúpulas del poder estatal de nuestra región tienden a ser cada vez más débiles e inestables: su principal preocupación –como domadores de potros o novilleros- es resistir los corcoveos para que no los  revuelquen por el suelo.

Aunque no en todos los países el proceso alcanza el mismo grado de avance ni mucho menos, vale la pena reparar en las situaciones más dramáticas de Estados apartados del modelo de derecho, porque existe la seria amenaza de que se marche lentamente por el mismo camino en toda la región.

Lo que vemos en esas situaciones extremas y dolorosas es que sus policías (seguridad, inteligencia, etc.) se autonomizaron y montaron sistemas de recaudación propios (suele llamárselo corrupción) que, naturalmente, requieren un aparato de coerción, o sea que montan también su propio sistema de penas (extorsiones, torturas, detenciones ilegales). Como también eliminan a los rateros de pequeña monta (ejecuciones sin proceso, letalidad policial), éstos se protegen refugiándose en organizaciones más estructuradas (delincuencia de mercado llamada organizada, o sea, oferta de servicios ilícitos).

La delincuencia de mercado también tiene su propio sistema de recaudación y de penas (venganzas mafiosas), pero en ningún país puede subsistir sin una relación alternativa o selectiva de cooperación/conflicto con las policías autonomizadas, de modo que se establecen vasos comunicantes.

De este modo, la población va siendo sometida a diferentes exigencias de recaudación y a sus respectivos sistemas de penas  –incluso contradictorios-, por lo que suelen generar grupos de autodefensa que acaban montando también sus aparatos de recaudación y de penas, lo que acrecienta el caos en la sociedad.

Cuando a la cúpula débil se le reclama insistentemente por el caos social, trata de mostrar un poder que no tiene y –como pretendida medida preventiva- autonomiza más a sus agencias policiales, lo que realimenta todo el proceso de caos social.

Al agravarse la situación, como medida desesperada, la débil cúpula decide echar mano de las fuerzas armadas, degradándolas a funciones policiales. Como éstas no están entrenadas para la prevención y seguridad interior, comienzan cometiendo errores y luego atrocidades; finalmente, terminan montando también sus propios sistemas autónomos, al igual que las policías.

El resultado es que el caos social se acrecienta aún más y, al perder prestigio y respeto público las fuerzas armadas, se lesiona gravemente la defensa nacional. El Estado se debilita, es decir, sucede todo lo contrario de lo que sería un Estado de policía verticalizado, pues se configura un modelo de Estado deteriorado cuya capacidad de recaudación y de ejercicio del poder punitivo se habrá desperdigado en múltiples poderes fácticos de grupos. Cabe agregar que estos grupos con poder fáctico distan muchas veces de ser pacíficos entre ellos, pues disputan áreas y competencias, lo que desconcierta más a la población e incremente la violencia y la vivencia del caos.

Una sociedad caotizada y un Estado deteriorado son perfectamente funcionales al colonialismo, porque su soberanía se debilita al máximo en dos sentidos: (a) por un lado –considerando que el titular de la soberanía es el pueblo-, el caos social presidido por el miedo paraliza y anonada, dificultando al máximo que buena parte de éste opte por las mejores soluciones políticas (las más racionales); (b) por otro lado, el deterioro del Estado agrede a las instituciones elementalmente necesarias a todo Estado, o sea, las que hacen a la seguridad interior y a la defensa nacional.

Es menester estar atentos a este proceso y a lo que nos enseñan las experiencias más dolorosas para poder intervenir interrumpiéndolo, porque es ahora bastante claro que, a medida que nuestros Estados se alejan del modelo de derecho, no marchan –como creen los neoliberales y a veces nosotros mismos– hacia el de policía, sino rumbo a un nuevo modelo que requiere mayor análisis: el Estado deteriorado.

El proceso de deterioro estatal sólo puede contenerse reforzando el monopolio del poder recaudador y punitivo en los Estados en que aún no se haya pluralizado demasiado, lo que requiere mover la aguja nuevamente hacia el lado del Estado de derecho, con la contención jurídica de esos poderes inherente a ese modelo y, por ende, revertir las pulsiones autonómicas de las  agencias del Estado y, en su caso, neutralizar el poder fáctico de los grupos que lo hubiesen asumido.

Por cierto, es mucho más fácil reforzar un poder que no se ha perdido del todo, que recuperarlo cuando se ha desperdigado hasta el límite de comprometer muchas veces el propio control territorial, que es elemento básico de la soberanía. En estos casos no hay fórmula sencilla, puesto que se hace necesario reconstruir y restaurar todo el armado institucional básico del Estado para recuperar el monopolio de la recaudación y del poder punitivo con control jurídico.

No son bravuconadas verbales las que resuelven estas situaciones, que sólo sirven para debilitar aún más al Estado. En cualquier caso, el objetivo estratégico será fortalecer al Estado evitando o revirtiendo su deterioro, mediante el sostenimiento –o en su caso la recuperación- del monopolio estatal del poder de recaudar y penar, debidamente acotado por el poder jurídico. En cuanto a las tácticas, en los casos extremos, son difíciles de señalar, aunque sea fácil descartar los descaminos paradojales.

A diferencia de lo que muchas veces creímos –y de lo que creen los propios neoliberales- la degradación de nuestros Estados de Derecho no marcha hacia modelos de policía, sino hacia un nuevo modelo de Estado débil y colonizado, que es el Estado deteriorado cuyos síntomas deben detectarse y neutralizarse lo más prematuramente posible, porque siempre es más sencillo prevenir que reconstruir. No olvidemos que, si bien los ideologizados creen estar marchando hacia sus distopías sociales por vía de Estados de policía, hay otros poderes fácticos más allá de le región, que son perfectamente conscientes de la funcionalidad colonialista del modelo de Estado deteriorado. 

*Profesor Emérito de la UBA

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Un comentario en “¿Hacia dónde van los Estados en Latinoamérica?
  1. Daniel Feld dice:

    Estimado Dr.Zaffaroni: siento un GRAN respeto por su probidad y su trayectoria como jurista, e incluso como ex integrante de la Corte Suprena. Creo que una tarea que tenemos por delante es democratizar el Poder Judicial en gran medida cooptado por los intereses a los que Ud. alude en su artículo. Le propongo que se reúna con otros juristas que merezcan su confianza, y piense cuáles serían los pasos más convenientes para lograrlo y, cuando tengan una propuesta, soliciten una reunión con el próximo Presidente Fernández (no dudo que lo va a recibir) y se la haga llegar. Desde ya mis respetos, Daniel Feld. PD si por algún motivo desea comunicarse conmigo le sugiero que se contacte con las autoridades de Página 12 quienes tienen mis datos. Eventualmente se contactarán conmigo para solicitarme autorización.

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